El cine que no pide permiso: por qué ´UYARIY´ redefine el poder de una película en 2026

Cuando una obra deja de competir por audiencia y empieza a activar a la sociedad, la industria se queda sin métricas para entender lo que está ocurriendo

 

 

Por Ehab Soltan

HoyLunes — Olvídate de la cartelera tradicional. UYARIY no es un estreno, es un pulso. Este documental, coproducido entre Perú y España bajo la dirección de Javier Corcuera, aborda las masacres de 2022-2023 en territorios andinos con una urgencia que no admite demora. No busques esta obra en los estantes de lo convencional ni en las campañas de marketing prefabricadas; lo que tienes delante es un fenómeno de combustión espontánea. No llegó al público porque alguien le abriera la puerta, sino porque la derribó. Enfrentó horarios invisibles y decisiones de programación que buscaban, con una sutileza quirúrgica, empujarla hacia la nada. Pero sucedió lo que la industria aún no logra procesar: la gente decidió no mirar hacia otro lado.

Lo que arrancó con apenas cuatro salas se transformó en 116 proyecciones en tiempo récord. No hubo inversión publicitaria detrás; hubo movilización. Fue la respuesta orgánica de quienes detectaron que el silencio no era casual, sino impuesto.

Y eso rompe el tablero de juego.

El error de seguir midiendo el cine como si nada hubiera cambiado

Durante años, la industria ha vivido obsesionada con el dato frío: la taquilla del primer fin de semana, el palmarés en festivales europeos o la capacidad de distribución en plataformas. Sin embargo, esa regla de tres ya no sirve para explicar el presente.

El éxito de UYARIY no se explica en una hoja de Excel, sino en su capacidad de pasar de cuatro proyecciones iniciales a más de cien en menos de una semana, impulsada por la presión ciudadana. Se explica en la resistencia. Cuando una película crece a pesar de las barreras —en horarios marginales y bajo una censura blanda que prefiere el filtro ideológico a la prohibición directa—, el valor deja de ser comercial para volverse político. La industria, diseñada para optimizar el consumo rápido, no sabe qué hacer con una obra que genera fricción estructural. No es un producto para ser digerido; es un hecho que exige ser reconocido.

Cuando la industria impone horarios invisibles, la sociedad responde llenando el vacío con presencia.

Más que una película: un punto de activación

Aunque Corcuera firma la dirección con su habitual maestría, él no es el protagonista aquí. El núcleo de UYARIY es la voz de quienes han sido borrados. Al recoger el testimonio de las familias quechuas y aymaras, la obra renuncia a los filtros tranquilizadores. La fotografía de Mariano Agudo evita la espectacularización: coloca la cámara frente a los rostros y deja que la palabra sostenga el plano. Por su parte, la música de Edith Ramos no acompaña; estructura la memoria.

Este no es un producto disponible para la comercialización amable. Se ha creado para generar incomodidad, para que la narrativa no sea una línea única, sino una posición en el mundo. No hay una reconstrucción artística para facilitar el visionado; hay una exposición cruda que no puedes controlar desde el mando a distancia ni gestionar desde la pantalla de tu teléfono. Lo que pasa a tu lado mientras la ves no es entretenimiento, es silencio.

La cámara de Mariano Agudo renuncia a la espectacularidad para sostener la dignidad de cada relato.

El cine como infraestructura de memoria

Debemos elevar el marco de análisis: UYARIY no incluye diversión porque su función es otra. Esta película no se consume: se archiva en quien la ve. Mientras la mayoría del cine contemporáneo produce relatos que se olvidan en el siguiente scroll, esta obra construye permanencia.

No es solo cultura; es un testimonio que se adapta al sistema para señalar sus fallos. Funciona como una infraestructura emocional donde la identidad no se diluye. Cuando estamos activos en la sociedad, encontramos esta cultura y nos damos cuenta de que no es un accesorio, es la base sobre la cual se sostiene lo que somos. Aquí, la película deja de ser un vídeo para convertirse en la grabadora que registra lo que el poder intentó borrar.

Lo incómodo: la gestión del silencio

El conflicto real no es la falta de interés, sino la invisibilidad planificada. La distribución hoy actúa como un filtro ideológico, tal como denunció públicamente el propio director al señalar la asignación de horarios marginales y cancelaciones de proyecciones. Asignar una obra a horarios inaccesibles no es una decisión logística, es una forma de gestión del contenido incómodo. Es una censura que no quema libros, pero esconde las estanterías.

Sin embargo, aquí ocurre la ruptura. La respuesta ciudadana y el posicionamiento en medios han demostrado que el sistema puede intentar filtrar lo que se muestra, pero ya no tiene el control total sobre lo que la sociedad decide buscar. La invisibilidad ha fracasado porque la memoria es más terca que los algoritmos.

Más que un producto cultural, ´UYARIY´ funciona como una infraestructura emocional donde la identidad no se diluye.

Oportunidad para la industria: el valor de la respuesta

Para productores, empresas y plataformas, este caso es una señal de radar. El futuro del cine ya no reside en el contenido de producción lineal, sino en la capacidad de generar una respuesta. Estamos ante un nuevo modelo de impacto donde el valor reputacional y la relevancia social pesan más que el volumen de clics.

Surgen nuevas líneas de valor para quienes sepan verlas:

El cine como activista social: Obras que no solo cuentan, sino que hacen.

El cine como reputación corporativa: Apoyar la verdad genera una legitimidad que el marketing no puede comprar.

Distribución como acto editorial: Decidir cuándo y dónde proyectar es, hoy más que nunca, una toma de posición política.

El espectador busca algo más que una historia

El observador contemporáneo está cansado de ser un receptor pasivo. Ya no busca solo que le cuenten algo; busca que su presencia en la sala sea un acto de afirmación. Cuando una película logra que el espectador se sienta activo en la sociedad, deja de competir por el tiempo libre de la gente. Pasa a competir contra la indiferencia. Y en esa batalla, la honestidad es la única herramienta que funciona. ¿Qué debes usar para eliminar el olvido? No basta con datos; necesitas una estructura que lo resista.

El cine que vuelve a ser necesario

UYARIY no es un error en el sistema, es el sistema intentando recordar su propósito. No es una película incómoda para el espectador, es la grabadora que la película utiliza para que el tiempo no borre los testimonios. No estamos ante una película difícil, sino ante una película necesaria. No estamos ante un objeto de consumo, sino ante una herramienta de supervivencia cultural.

El cine deja de ser entretenimiento cuando se convierte en necesidad. No porque emocione o informe, sino porque nos obliga a habitar el lugar donde otros prefieren el vacío. Al final, lo que queda no es un fotograma en negro, sino la certeza de que algunas voces, por mucho que se intenten silenciar, ya han quedado grabadas en la infraestructura emocional de todo un pueblo.

 

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